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sábado, 14 de mayo de 2011

Vida nocturna al otro lado.

Ascendía como un globo al que inyectaban el aire. Era sustancia y era ausencia. Se introdujo por sus pies y se extendió por su sangre, invadiendo su cerebro. Sólo podía ver en la oscuridad porque sus pupilas habían adquirido el tamaño de la luna.

Cómo pesaban las aceras. Cómo pesaba el cielo que amenazaba con raptarla y envolverla en nubes de ansiedad. Cómo podía el mundo estrecharse de esa manera.

Sabía que si aquello era real, se convertiría en su fin, así que conjuró una dimensión en que las calles la condujeran a la salida de aquella prisión onírica.

¿Cuántas opciones hay de que alguien te oiga si gritas?

miércoles, 26 de enero de 2011

En las fronteras de una piel húmeda.

Allí, a mil kilómetros de distancia, en el motel más viejo del mundo donde una bombilla parpadeaba con desgana. Allí, bajo una lluvia espesa y la tormenta gritando con su voz ronca. Allí donde el mundo no llegaba pero ellos aparecían. Huyendo de la muchedumbre, huyendo de la nada, huyendo del ruido y del silencio. Allí donde un sofá destartalado fingía ser un sitio donde descansar. Allí donde cada veinte años, se oía un coche pasar por la autopista que el cielo tejía. Allí, donde la noche era más oscura que la propia oscuridad y el calor abrasaba. Allí, donde las verdades no importaban porque al estar tan lejos del mundo, vivían otra vida que nadie llegaría a conocer. Allí donde nada existía salvo dos cuerpos en la carencia latente de más piel que huesos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Adentrándose en el ser. Raíces.

Sentada en aquel viejo sofá de terciopelo rojo. Fumaba despacio, el humo imaginaba formas imposibles. Su té se enfriaba. Era uno de aquellos momentos en que el tiempo no existía. Como si hubiera estrellado un reloj. El espacio se hacía infinito. Sólo el sonido del teléfono la devolvió a la realidad, de golpe.

"¿Qué quieres ser?" Escuchó al otro lado de la línea. Sabía quien era, pero el mensaje era más importante. Quiero ser un árbol.

El silencio se hizo al otro lado, esperando una explicación, una razón contundente que justificara una respuesta tan inesperada.

"Sí, quiero ser un árbol. Uno enorme. Alto, fuerte, frondoso. Con las hojas más bonitas y verdes que jamás nadie haya imaginado. Quiero ser un árbol, con grandes raíces para nunca olvidarlas. Que soporte las peores tormentas, las lluvias que calan los huesos, que en los días de sol resplandezca. Quiero ser confortable y que los soñadores se acomoden en mí a leer sus libros. A imaginar sus sueños. A planear como realizarlos. Quiero ser un misterio en la noche y que los más osados se atrevan a adentrarse en el bosque para descubrirme. Quiero un mundo interior en mis ramas. Quiero ser un árbol, sí. En un bosque encantado donde los fantasmas paseen sin ser atormentados. Un bosque para las verdaderas almas, las inquietas, las inocentemente perversas, las sensuales, soñadoras, las espirituales. Eso quiero ser. "

Sin ni siquiera ser consciente, el cigarrillo se había consumido. Marcando un antes y un después. Verde. Más que nunca. Lo sintió en su centro de gravedad. Sus piernas.


domingo, 5 de diciembre de 2010

Disección del alma.

Hizo un fuerte en el bosque para guardar caricias. Construía nubes con las palabras y escuchaba los silencios. Porque los silencios suenan de un modo diferente, pero suenan. Se le enredaron un montón de besos en su cuello y de dedos en su pelo. Boca a boca. Cuerpo a cuerpo. Bordaba en la hierba las señañes de afecto para que al pasar las siguiera. Como migas de pan.

Quien conoce la etimología del alma sabrá que no necesitó demasiado tiempo para correr hacia el valle de las sonrisas. El lago de las ilusiones donde de niña nadaba era ahora una superficie de hielo deslizante. Donde patinar. Donde arriesgarse a caer pero con la ilusión de cumplir cada deseo.

Porque el alma, el alma, el alma tiene su etimología. El alma tiene su compuesto aunque no sea visible a ojos de juicio rápido. El alma tiene su tejido, su sintaxis, su forma. El alma es real como esos besos enredados en su cuello.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Alteración del tiempo en sus dedos.

Un enjambre de palabras pululaba cerca de sus oídos. No escuchaba ninguna, pero sabía lo que decían. Aquellos dedos acariciaban su piel en los abismos del silencio. Como cuando los gatos quedan en suspenso un segundo. Y luego caen con gracia. Hacía horas que había cerrado los ojos. Tal vez años. Siglos. Pero seguía viéndola a través de sus párpados. Nítida. Blanca como la nieve. Preciosa como nada en el mundo.

¿Sentía acaso las estrellas caer sobre la superficie? La noche se adentraba en sus sueños aún siendo consciente. La consciencia era maravillosa. El sueño inminente también, pero ahora no importaba. Si bien la luna miraba con celo por encima de las nubes, sabría que no existían los límites imaginarios. Todo era infinito y empezaba en esos dedos donde terminaba todo.

El tiempo no podía medirse.