domingo, 16 de enero de 2011

Pasos por goteo.

¿A dónde vas con esos pies? ¿A dónde?, por esa calle inmensa de ladrillo en la que todos grabaron sus miedos. ¿A dónde vas con esos ojos? Con esa mirada de ilustración secreta, que atrae a los monstruos porque todos querrán besarte. Niña de sonrisa carmín. Niña de paciente impaciencia. Niña de mente atemporal.

El viento, siente envidia al despeinar tus cabellos. Quiere tocarte de forma constante y no puede, porque como viento que es, pasa. Niña que como el viento recorre la ciudad. Niña prohibida. Niña.

De carne. Niña en carne de mujer. Niña de suave piel en días de lluvia. Niña de lluvia amiga del agua. Agua que se pega en tu cuerpo. A tus pasos de niña. Niña con corazón de poeta henchido. Niña poeta. Niña plena. De luna. Niña de luna. De noches en que un ángel pasa a través de su cuerpo queriendo atesorarla para siempre.

Niña de tacto. Niña de resurrección. Niña de música fuerte en los oídos. Niña de pasos. De pasos de equilibrista. Niña de prisa sin prisa. Niña de estrellas que hablan en la noche. Niña de nubes que hacen el amor con el sol y nublan el día. Niña.

Niña que habla de la niña. Niña.

viernes, 7 de enero de 2011

Las entrañas del retorno.

Sylvia tiene el pelo de un color cobre intenso. Tan intento que cuando el sol se refleja deslumbra a los caminantes. Sus ojos son de un azul profundo y parecen vivir contínuamente un día de lluvia. Veinticuatro horas no son suficientes nunca para todo lo que tiene que sentir, por eso madruga.

Hoy Sylvia se ha levantado tan temprano que ha esperado al sol durante horas. Se ha servido un café tan cargado que no volverá a dormir en años. Pero eso es lo que quiere, en realidad. Se ha duchado con el agua tan caliente que podría haberse ido por el desagüe. Desnuda, se ha mirado al espejo el tatuaje de su vientre. Era demasiado joven cuando se lo hizo, tal vez entendió el significado antes que nadie. Esa serpiente roja y verde se muerde la cola. Es un círculo perfecto. Cerrado. Sin un escape.

Sylvia se viste despacio. Elige la chaqueta blanca, esa que siempre la acompaña cuando algo va a cambiar. Recuerda que hace años, en el mismo lugar, de la misma manera, pensó en el tatuaje. Pensó en aquella serpiente y en el círculo. Cómo todo se movía. En círculos. Pensó que ese día era igual que aquel día y sólo recordar el sentimiento era una carga. Sin embargo, también recuerda que muy poco después todo cambió, y de repente el círculo se separaba un poco para dejar entrar el oxígeno. Y entiendió también que las aguas vuelven a su cauce cuando se está preparado.

Se calza unos tacones que le pesan enormemente, pero son tan bonitos que hoy los necesita. Preciosos. Preciosa. Esa es Sylvia.

Sylvia prefiere ir caminando al trabajo porque tal vez se está perdiendo algo que a la velocidad de un automóvil no puede percibir. Es un gran paseo, pero las aceras están llenas de señales y sabe que un día, muy cercano, se despertará y ahí estará el cambio. Ese cambio. Sólo espera que dentro de muchos años no tenga que despertar pensando en el maldito tatuaje. Aquella verdad que desde muy joven quiso marcar.

Sylvia camina. Todo empieza. Y puede que un día siga en línea recta. Quién sabe.

jueves, 6 de enero de 2011

Retratos con dientes.

Luna era una niña extraña. Veía monstruos a plena luz del día y por las noches jugaba dentro del armario. Iba a la biblioteca todas las semanas buscando libros sobre dar vueltas sin marearse. Era la primera en clase, la más inteligente. Leía y leía para tratar de entender el mundo pero siempre terminaba dibujando hipótesis en una gran pizarra.

Qué niña tan extraña. Les pintaba sueños terroríficos en la frente a todas sus muñecas. Escribía mensajes de auxilio en la pared porque la divertía. Luna no era como las demás. Era evidente a los ojos de sus padres, sus amigos, compañeros y maestros. Todo el mundo la miraba de forma especial. Con admiración e inseguridad a la vez.

Pero a Luna no le importaba nada de eso. La diferencia entre esa niña y los demás es que Luna era valiente. Luna no tenía miedo a nada ni a nadie. Se atrevía a vivir y sufrir, a hablar y escuchar, a creer y aprender. Luna no tenía miedo porque sabía que el miedo paralizaba los cuerpos e impedía las vivencias, siempre. Luna siempre era paciente porque era valiente para sentarse a esperar. Luna siempre sonreía porque no tenía miedo a llorar después. Luna era una niña especial, o extraña. Era la niña más fascinante del mundo en el que vivía.

Y cuando se hizo mayor, voló a un planeta nuevo donde no existía la gravedad.

lunes, 3 de enero de 2011

A la arena enlatada la llaman reloj.

Eva comenzó a trepar el árbol sintiendo envidia de la serpiente. Luego encendió un cigarrillo. Se tapó los oídos. Habían llamado señorito al poeta. Lo habían desvirtuado.

El poeta, previsor del tiempo. Con sus entrañas tintadas. Pasando de papel en papel. Nunca bebió de aquella copa. La derramó y miró al pintor.

El pintor, ilustrador de sueños en perpetuo movimiento. Acompañado siempre de sus pinceles. Con olor a disolvente en los dedos. Apuñalaba el lienzo con saña para no acabarlo. No quería dejar de pintar al duende.

El duende, repartiendo suerte a los demás. Ambicionaba con fuerza lo que podía dar y no obtener. Le quemaba rociar con aquel polvo dorado incluso a quien no lo merecía. Quería ser aquel río que observaba el bosque.

El río, caudal de frío y nueva vida. Pasa y pasa y pasa. Recorre los lugares inevitablemente. Con el tiempo. Que se escapó de aquel reloj de arena. Y al resquebrajarse el cristal se hizo eterno.

martes, 28 de diciembre de 2010

Lo que sucedió mientras fingía dormir con los ojos abiertos.


Cuando despertó, el sol se había quitado el sombrero.
Cuando despertó, la luna se había ido de copas.
Cuando despertó, el escritor había borrado otro cuento.
Cuando despertó, el perro había preparado el desayuno.
Cuando despertó, el jardín era azul.
Cuando despertó, el actor seguía con su soliloquio.
Cuando despertó, las nubes se apareaban con lujuria.
Cuando despertó, la lluvia olía a lavanda.
Cuando despertó, el frío sudaba.
Cuando despertó, tenía la mirada violeta.
Cuando despertó, el gusano era jirafa.
Cuando despertó, la tierra era cuadrada.
Cuando despertó, cerró los ojos y se durmió.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Entrevista al búho que aprendió a hablar.

Buenas noches, Señor Búho. Disculpe que le importune a estas horas en las que, probablemente, no tenga usted nada mejor que hacer.

-Buenas noches señorita. No me importuna, descuide. Iba a contar estrellas y asustar a los descuidados que se adentran en el bosque, pero nada más.

De acuerdo. ¿Le importa que charlemos un rato?

-En absoluto. Como ya le he dicho, no tengo nada mejor que hacer. Uh, espere. (Se acomoda en la rama) ¿De qué quiere hablar?

En realidad no lo sé. Tiene usted un bello plumaje, ¿dónde lo consiguió?

-Esa historia se remonta a la posguerra, ¿de verdad quiere escucharla, señorita?

...No. En realidad no. No se ofenda. Es sólo que me apetece quedar boquiabierta y creo que esa historia puede sacarme más de un bostezo.

-Oh, no me ofendo, señorita. No se preocupe. Esa historia me hace bostezar también. Pero usted ha preguntado y yo he respondido.

Sí, tiene sentido. ¿Cómo aprendió usted a hablar? En fin, es un búho, y no es una de sus características más conocidas.

-(El búho asiente con cierto gesto narcisista) Es cierto. Esa historia sí que puede interesarle. En realidad siempre pude hablar. Desde el momento en que nací. El problema es que nunca lo intenté.

¿En serio?

-Sí. Durante muchos años me dediqué a comunicarme con mis semejantes como lo hace mi especie. El caso es que siendo yo un joven curioso y ágil (no como ahora, que me ayudo de mi gastado bastón), tomé el hábito de pasar las noches volando de árbol en árbol, observando las costumbres de sus habitantes. Era divertido, he de reconocerlo. Algunos leían o bailaban, recortaban hojas en forma de corazón o echaban cabezadas ilegales.

Es curioso.

-No lo es, en realidad. La parte curiosa viene ahora. Una noche, en mi largo recorrido por el bosque (siempre con mucha cautela) observé a un anciano que sostenía un libro de poemas. Ante mis ojos, el anciano abrió el libro y empezó a recitar.

Supongo que se llevaría usted un buen susto.

-No me ha dejado terminar, señorita. Esa es justo la parte de la historia que viene ahora.

Lo siento.

-No se preocupe. Es usted joven, yo mismo tuve ese defecto. El caso es que tras asustarme muchísimo, como ya ha adivinado, el anciano me pidió que me calmara y me dijo que yo también podía hacerlo si quería. Simplemente me senté, abrí el pico y pude hablar, por primera vez.

¿Cuál fue su primera palabra?

-Poesía.

¿En serio?

-No. Sólo intentaba hacerme el interesante. Es usted una señorita lista. Mi primera palabra fue cómo. ¿Cómo podía ser? Y esa es la historia. Desde entonces he intentado convencer a los animales del bosque para que intenten hablar, pero ninguno lo hace. Todos creen que no pueden.

Es una historia magnífica. Parece hasta una fábula. Y podría haberla escrito yo.

-Ya lo está haciendo, señorita.

¿Cómo?

-¿Es que acaso no se está dando usted cuenta de que está soñando? Vamos, usted es una criatura imaginativa, pero, ¿de verdad ha creído estar hablando con un búho?

Sí.

-Está usted loca. Aún así, ha sido un placer conocerla. No olvide dar forma a mi historia. Pues puede que nunca nadie sepa de mí si no es a través de usted. Buenas noches.



(Y entonces desperté y busqué al búho bajo la cama.)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Los hilos del subconsciente.

Creyó que era Santa Claus al verlo entrar por la chimenea. Luego lo reconoció. Era el viejo dios que se le representaba en sueños. Cada noche, la llevaba por senderos desconocidos, la hacía viajar al fin del mundo y volver con un pestañeo. Nunca soltaba sus hilos. Tal vez nunca le había visto el rostro con claridad. Sabía que era viejo. Sabía que estaba cansado y su sabiduría era evidente en su silencioso diálogo.

Aquella noche vino a anunciarle una incoherente fantasía. A revelarle un destino fascinante y aterrador. No importaba. Era excitante y casi podía tocarlo. Era real y quemaba dentro como el alcohol, de forma grata.

Cada torbellino que sentía se adentraba en sus habilidosas alas. Cada paso que daba la acercaba al sueño y cuando aquel personaje lograba hablar, despertaba con la respuesta en sus dedos. Aún dormidos. Sin liberarse del todo de aquellos hilos dorados con los que tejía cada experiencia nocturna.